viernes, 14 de febrero de 2014

Primer año del pontificado del Papa Francisco

El 11 de febrero de 2013 es una fecha que ha entrado ya en la historia. Ese día Benedicto XVI comunicó su decisión de renunciar al pontificado a una asamblea de cardenales atónitos. El anuncio fue recibido como “un rayo en un cielo sereno”,  según las palabras de respuesta al papa del cardenal decano, Angelo Sodano, y la imagen de un rayo que ese mismo día descargó sobre la Basílica de San Pedro dio la vuelta al mundo.

La abdicación sobrevendría el 28 de febrero, pero antes Benedicto XVI comunicó su deseo de permanecer en el Vaticano como papa emérito, hecho que nunca había sucedido hasta ahora y más sorprendente aún que el anuncio de la abdicación. En el mes transcurrido entre el anuncio y el cónclave que se inició el 12 de marzo, fue preparada la elección del nuevo pontífice, aunque se presentó al mundo como inesperada. Más que la identidad del elegido, el argentino Jorge Mario Bergoglio, sorprendió el nombre por él elegido, Francisco, casi como queriendo presentarse como un unicum, y su primer discurso golpeó, cuando, tras saludar con un coloquial “buenas tardes”, se presentó como “obispo de Roma”, título que corresponde al papa, pero después de el de Vicario de Cristo y sucesor de Pedro, que constituyen su fundamento.

La fotografía de dos papas rezando juntos, el 23 de marzo en Castelgandolfo, ofreciendo la imagen de una “diarquía” pontificia inédita, aumentó la confusión de aquellos días. Pero si eso era solo el inicio. Luego viene la entrevista del regreso de Río de Janeiro, el 28 de julio de 2013 con las palabras “¡quien soy yo para juzgar!”, destinadas a ser utilizadas para justificar cualquier transgresión. Siguieron las entrevistas del Papa Francisco al director de la “Civiltá Cattolica”, en septiembre y la dada al fundador del diario “La Repubblica”, en octubre, que tuvieron un impacto mediático superior a su primera encíclica Lumen Fidei. Se dice que no fueron actos de Magisterio, pero todo lo que sucede ahora en la Iglesia es producto, sobre todo de estas entrevistas que tomaron carácter magisterial de hecho, si bien no de derecho.



El encuentro entre los cardenales Ludwig Müller, prefecto de la Congregación de la Fe y el cardenal arzobispo de Tegucigalpa, Oscar Rodríguez Maradiaga, coordinador de los consejeros para la reforma del Papa Francisco, ha traído la confusión al extremo. La doctrina tradicional, según Maradiaga, no es suficiente para ofrecer “respuesta al mundo de hoy”. Ella se mantendrá, pero son los “desafíos pastorales” adaptados a los tiempos a los cuales no se puede responder “con el autoritarismo ni el moralismo”, porque esta no es “la nueva evangelización”.

A las declaraciones del Card. Maradiaga han sucedido los resultados de la encuesta sobre la pastoral familiar promovida por el Papa para el Sínodo de los obispos del 5 al 19 de octubre. El SIR (Servicio de Información Religiosa) ha difundido una síntesis de las primeras respuestas llegadas desde el centro de Europa. Para los obispos belgas, suizos, luxemburgueses y alemanes, la fe católica es muy rígida y no se corresponde con las exigencias de los fieles. La Iglesia debe aceptar la convivencia prematrimonial, reconocer los matrimonios homosexuales y las uniones de hecho, admitir el control de la natalidad y la contracepción, bendecir las segundas nupcias de los divorciados y permitir que sean recibidos en los sacramentos.

Si esta es la vía que quiere recorrerse, es el momento de decir que es una que conduce al cisma y la herejía, porque se negaría la fe divina y natural que en sus mandamientos no solo afirman la indisolubilidad del matrimonio, sino que prohíben los actos sexuales fuera de él, tanto más los que se realizan contra natura. La Iglesia acoge toda suerte de personas que se arrepienten de sus propios errores y pecados y se proponen salir de las situaciones de desorden moral en la que se encuentran, pero no puede legitimar, en modo alguno, el estado del pecador. Es inútil afirmar que el cambio afecta solo la praxis y no la doctrina. Si entre la doctrina y la praxis falla la coherencia, significa que la praxis se hace doctrina, como por otra parte está ocurriendo tanto desde el Concilio Vaticano II en adelante.

La Iglesia ¿debe dar respuestas nuevas y “acordes a los tiempos”? Los grandes reformadores de la historia de la Iglesia se han comportado de un modo muy diferente.  Como San Pedro Damián o San Gregorio Magno, que  en el siglo XI deberían haber legitimado la simonía y el nicolaísmo de los sacerdotes, para no poner a la Iglesia en la posición de una extraña a la realidad de su tiempo. Pero en lugar de esto denunciaron estas heridas con palabras de fuego, haciendo posible la reforma de las costumbres y la restauración de la recta doctrina.

Y el espíritu intransigente y sin compromisos de los santos está hoy trágicamente ausente. Es urgente que surja un acies ordinata, un ejército en orden de batalla, que empuñando las armas del Evangelio anuncie una palabra de vida al mundo moderno que muere, en vez de abrazarse al cadáver. Los jesuitas fueron, entre el Concilio de Trento y la Revolución Francesa, este núcleo de combatientes de la Iglesia. Hoy sufren la decadencia propia de todas las órdenes religiosas, y si entre ellas una se ofrece rica en promesas, es suprimida inexplicablemente. Es el caso de los Franciscanos de la Inmaculada, que explotó a partir de julio, y ha traído luz a una evidente contradicción entre los reclamos de misericordia del Papa Francisco y el palo de aporrear asignado al comisario Fidencio Volpi para aniquilar a uno de los pocos institutos religiosos hoy floreciente.

La paradoja no se acaba aquí. Durante el primer año del pontificado del Papa Francisco, tanto más la Iglesia ha renunciado a uno de sus atributos divinos, el de la justicia, para presentarse al mundo como misericordiosa y bendecidora cuanto más este año la Iglesia ha sido objeto de ataques violentos por parte del mundo al cual le tiende la mano.

El matrimonio homosexual reivindicado por todas las grandes organizaciones internacionales y por casi todos los gobiernos occidentales contradice frontalmente no solo la fe de la Iglesia, sin la misma ley natural y divina inscripta en el corazón de cada hombre. Las grandes movilizaciones de masas, ocurridas sobre todo en Francia con la Manif pour tous (1), ¿que otra cosa son sino la reacción de la conciencia de un puebla contra una legislación inicua y contra natura? Pero el lobby inmoralista no se contenta con esto. En su prioridad está no tanto la afirmación de los presuntos derechos de los homosexuales como la negación de los derechos humanos de los cristianos. Christianos esse non licet: el grito blasfemo que fue de Nerón y de Voltaire reaparece hoy en el mundo, mientras Jorge Mario Bergoglio es electo por las revistas mundanas el hombre del año.

Los acontecimientos se siguen siempre a mayor velocidad. La sentencia latina motus in fine velocior es comúnmente usada para indicar el curso más veloz del tiempo al término de un período histórico. La multiplicación de los acontecimientos abrevia de hecho el curso del tiempo, que en sí no existe fuera de las cosas que fluyen. El tiempo, dice Aristóteles, es la medida del movimiento (Fisica, IV, 219 b). Más precisamente lo definimos como la duración de las cosas mudables. Dios es propiamente eterno porque es inmutable: todo movimiento tiene en El la causa, pero nada en El cambia. Cuanto más se aleja de Dios, tanto más crece el caos, producto del movimiento.

El 11 de febrero ha sido el comienzo de una aceleración del tiempo, la consecuencia de un movimiento que se está volviendo vertiginoso. Vivimos una hora histórica que no es necesariamente el fin de los tiempos, pero si ciertamente el ocaso de una civilización y el fin de una época de la vida de la Iglesia. Si al cerrarse esta época el clero y el laicado católico no asumen bien a fondo sus responsabilidades, ocurrirá inevitablemente el destino que la vidente de Fátima ha visto revelarse ante sus propios ojos:

"Y vimos en una inmensa luz qué es Dios: « algo semejante a como se ven las personas en un espejo cuando pasan ante él » a un Obispo vestido de Blanco « hemos tenido el presentimiento de que fuera el Santo Padre ». También a otros Obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas subir una montaña empinada, en cuya cumbre había una gran Cruz de maderos toscos como si fueran de alcornoque con la corteza; el Santo Padre, antes de llegar a ella, atravesó una gran ciudad medio en ruinas y medio tembloroso con paso vacilante, apesadumbrado de dolor y pena, rezando por las almas de los cadáveres que encontraba por el camino; llegado a la cima del monte, postrado de rodillas a los pies de la gran Cruz fue muerto por un grupo de soldados que le dispararon varios tiros de arma de fuego y flechas; y del mismo modo murieron unos tras otros los Obispos sacerdotes, religiosos y religiosas y diversas personas seglares, hombres y mujeres de diversas clases y posiciones. Bajo los dos brazos de la Cruz había dos Ángeles cada uno de ellos con una jarra de cristal en la mano, en las cuales recogían la sangre de los Mártires y regaban con ella las almas que se acercaban a Dios". (3)

La dramática visión del 13 de mayo debe ser más que suficiente para movernos a meditar, orar y actuar. La ciudad ya está sitiada y los soldados enemigos están a las puertas. Quien ama a la Iglesia que la defienda, para acelerar el triunfo del Corazón Inmaculado de María.

Fuente: Roberto de Mattei blog
Traducción: Panorama Católico.